sábado, 19 de enero de 2008

se ofrecía

...chico con ganas de trabajar...

Cuando llegamos a la cima de Ricote comprobamos que hacía buen tiempo. El cielo estaba despejado y desde lo alto se podían ver claramente los picos que nos interesaban, en concreto, Columbares.
Al pie de la torre no hacía mucho viento y apenas frío. Me puse el forro polar mientras miraba hacia arriba, repasando lo que tenía que hacer.
- Orientar la parabólica, desconectar la barbacoa y conectarla al otro equipo, vale.
Llené mis bolsillos. Llave del 17. Cojo dos más por si acaso. Llave del 11. Destornillador. Tijeras y bridas, para los cables.
Me puse el arnés, avisé a mi compañero y empecé a subir la escalera.

Los últimos días ya me notaba las manos hinchadas, y me dolía a cada escalón que me agarraba. Una mano del derecho y la otra del revés, maldita fractura...
Serían en total unos veinte metros los que tenía que subir pero a mitad de trayecto una antena tipo tambor entorpecía la escalera. Con cuidado de no tocarla la evité y continué subiendo. El viento era cada vez más fuerte conforme iba ascendiendo.

Por fin, llegué a mi destino. Con cuidado te sueltas de una mano y coges el mosquetón. Tu cuerpo pasa a depender de una mano a otra mientras pasas la cuerda por los hierros de la torre y... clic, tu vida depende ahora de una cuerda.
Entonces me di cuenta de que la diferencia de temperatura con respecto al suelo era abismal. Y el viento era cada vez más fuerte. Me puse manos a la obra.
Saqué la llave y empecé a aflojar la parabólica. A cada tirón me dolía más la mano, de la posición, del esfuerzo y del frío, que congelaba los dedos. Para colmo, no llegaba bien a las tuercas de arriba, así que tenía que volver a desengancharme, subir unos escalones, engancharme de nuevo y ponerme a trabajar. Eso tan "simple" me costó horrores. El viento me echaba hacia atrás y no podía casi moverme. Incluso estando atado con el arnés tenía que sujetarme con las manos a la torre, por el "respeto" que me daban algunas ráfagas.

Siempre dicen que "no mires hacia abajo". Pero me he dado cuenta de que no tengo tanto vértigo como pensaba. A los 1124 + 20 metros de altura que estaba, lo mejor que podía hacer hasta que parara la ráfaga era mirar el paisaje.
Y cuando llevas treinta segundos y no ha parado, decides seguir porque si no, te pasas toda la mañana ahí arriba.
Al rato, conseguí darle un buen meneo a la antena. Saqué medio cuerpo de la torre para poner mi cabeza sobre ella y mirar al horizonte. Destino: Columbares. Así se queda. Por Dios, que enlace.

Tres cuartos de hora después estaba abajo, despeinado, intentando entrar en calor, comiendo un bocadillo de magra con tomate y dando gracias porque había enlazado a la primera y la transmisión era muy buena, uf...

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